¿Quién no guarda de su infancia el recuerdo de un cuento de una ballena?. Desde Jonás hasta Pinocho, pasando por el mito medieval de Alejandro Magno -que cuenta que se sumergió al fondo de los océanos en una campana de cristal- o por el inquietante relato de un Melville que nos hizo sentir las salpicaduras del agua salada en su lucha contra Moby Dick, las ballenas han sido inspiración de historias y pinturas medievales, el desencadenante de aventuras y sueños infantiles, y la metáfora de la fuerza individual.
Cuenta una curiosa historia medieval que allá por los siglos V ó VI el abad del Monasterio de Clonferten inició un viaje por mar, junto con diecisiete monjes, en busca de nuevas tierras para evangelizar. Dice esta leyenda que sus aventuras duraron siete años y que la más prodigiosa de sus hazañas fue celebrar una misa sobre los lomos de una enorme ballena que dormitaba en el océano, junto a las Islas Afortunadas.
San Brandan o san Borondón (amiga, esta historia va por ti, por ser tan vital y aventurera) -así se llamaba el abad viajero- no se percató de la naturaleza animal del supuesto islote, ya que al mamífero le había crecido una tupida vegetación sobre la espalda. Sólo al encender un fuego, el cetáceo se revolvió, enfadado y seguramente molesto, y comenzó a sumergirse, no sin antes permitir que los monjes tuvieran tiempo de ponerse a salvo y continuar su viaje.
Las ballenas han sido admiradas en todos los tiempos. Jorge Luis Borges en “Los seres imaginarios” escribe la historia de la isla de Borondón con un final más amargo que la leyenda popular: « Su forma es la de una piedra rugosa y está como cubierta de arena; los marineros que lo ven lo toman por una isla. Amarran sus navíos de alta proa a la falsa tierra y desembarcan sin temor de peligro alguno. Acampan, encienden fuego y duermen, rendidos. El traidor se sumerge entonces en el océano; busca su hondura y deja que el navío y los hombres se ahoguen en la sala de la muerte. »El más antiguo de los bestiarios franceses, el de Philippe de Thaün (1121 y 1152, son los años entre los que se ubica su composición) también habla de las ballenas: «Cetus es una bestia enorme que siempre vive en el mar; toma la arena del mar y la extiende sobre la espalda. Luego se yergue sobre el mar y queda inmóvil. El navegante la ve y cree que es una isla; allá va a atracar y a preparar su comida. La ballena nota el fuego, la nave y sus gentes, y se zambulle; si puede, los ahogará. »
Tan importante como la misma ballena eran los productos que se derivaban de ella y en cuyas cualidades físicas estaba el origen del aroma dulcísimo del que hablan los bestiarios. Una de ellas era el ámbar gris; la otra, el espermaceti, aunque algunos autores pensaban que ambos productos eran en realidad uno solo. El ámbar gris ni es ámbar ni es gris. Es una sustancia natural que se produce en el intestino de los cachalotes, de color blanco parduzco con tonalidades irisadas y que cuando se solidifica despide un olor dulce y muy agradable que se usa en perfumería para dar consistencia y durabilidad a los aromas. Fue una sustancia apreciadísima que al final de la Edad Media llegó a alcanzar el valor de su peso en oro.
El espermaceti, es un producto de color blanco, graso, de la consistencia de la cera y muy cotizado entre los perfumistas, drogueros y boticarios, que ni es esperma ni es de ballena. Se origina en un órgano que se encuentra en el cráneo de los cachalotes, pero en la antigüedad y en la Edad Media se suponía que aquella sustancia era esperma de ballena, de ahí su nombre.
Pero esta relato se está alargando demasiado porque hoy, en realidad, yo quería recordar aquellos cuentos de mi infancia en los que las ballenas eran los seres más fantásticos que habitaban en los mares, que engullían hombres y que éstos, tras estar en su vientre, regresaban al exterior más sabios, más completos o más adultos, como si las vísceras del enorme cetáceo fueran el altar de un ritual iniciático.










