martes 9 de febrero de 2010

Ballenas



¿Quién no guarda de su infancia el recuerdo de un cuento de una ballena?. Desde Jonás hasta Pinocho, pasando por el mito medieval de Alejandro Magno -que cuenta que se sumergió al fondo de los océanos en una campana de cristal- o por el inquietante relato de un Melville que nos hizo sentir las salpicaduras del agua salada en su lucha contra Moby Dick, las ballenas han sido inspiración de historias y pinturas medievales, el desencadenante de aventuras y sueños infantiles, y la metáfora de la fuerza individual.


Cuenta una curiosa historia medieval que allá por los siglos V ó VI el abad del Monasterio de Clonferten inició un viaje por mar, junto con diecisiete monjes, en busca de nuevas tierras para evangelizar. Dice esta leyenda que sus aventuras duraron siete años y que la más prodigiosa de sus hazañas fue celebrar una misa sobre los lomos de una enorme ballena que dormitaba en el océano, junto a las Islas Afortunadas.


San Brandan o san Borondón (amiga, esta historia va por ti, por ser tan vital y aventurera) -así se llamaba el abad viajero- no se percató de la naturaleza animal del supuesto islote, ya que al mamífero le había crecido una tupida vegetación sobre la espalda. Sólo al encender un fuego, el cetáceo se revolvió, enfadado y seguramente molesto, y comenzó a sumergirse, no sin antes permitir que los monjes tuvieran tiempo de ponerse a salvo y continuar su viaje.
Las ballenas han sido admiradas en todos los tiempos. Jorge Luis Borges en “Los seres imaginarios” escribe la historia de la isla de Borondón con un final más amargo que la leyenda popular: « Su forma es la de una piedra rugosa y está como cubierta de arena; los marineros que lo ven lo toman por una isla. Amarran sus navíos de alta proa a la falsa tierra y desembarcan sin temor de peligro alguno. Acampan, encienden fuego y duermen, rendidos. El traidor se sumerge entonces en el océano; busca su hondura y deja que el navío y los hombres se ahoguen en la sala de la muerte. »


El más antiguo de los bestiarios franceses, el de Philippe de Thaün (1121 y 1152, son los años entre los que se ubica su composición) también habla de las ballenas: «Cetus es una bestia enorme que siempre vive en el mar; toma la arena del mar y la extiende sobre la espalda. Luego se yergue sobre el mar y queda inmóvil. El navegante la ve y cree que es una isla; allá va a atracar y a preparar su comida. La ballena nota el fuego, la nave y sus gentes, y se zambulle; si puede, los ahogará. »


Además de su fuerza, una segunda característica habitualmente referida en los bestiarios es el extraordinario olor que despide su aliento. Ignacio Malaxeverría recoge un comentario al respecto procedente de El Fisiólogo: « Hay un monstruo en el mar llamado aspidochelone (…) cuando tiene hambre, abre las mandíbulas de par en par, y de ellas sale un aroma dulcísimo. Y todos los pececillos se arremolinan en bandadas y en bancos en torno a la boca de la ballena, que los engulle; pero los peces grandes y adultos se mantienen alejados de ella.»

Tan importante como la misma ballena eran los productos que se derivaban de ella y en cuyas cualidades físicas estaba el origen del aroma dulcísimo del que hablan los bestiarios. Una de ellas era el ámbar gris; la otra, el espermaceti, aunque algunos autores pensaban que ambos productos eran en realidad uno solo. El ámbar gris ni es ámbar ni es gris. Es una sustancia natural que se produce en el intestino de los cachalotes, de color blanco parduzco con tonalidades irisadas y que cuando se solidifica despide un olor dulce y muy agradable que se usa en perfumería para dar consistencia y durabilidad a los aromas. Fue una sustancia apreciadísima que al final de la Edad Media llegó a alcanzar el valor de su peso en oro.


El espermaceti, es un producto de color blanco, graso, de la consistencia de la cera y muy cotizado entre los perfumistas, drogueros y boticarios, que ni es esperma ni es de ballena. Se origina en un órgano que se encuentra en el cráneo de los cachalotes, pero en la antigüedad y en la Edad Media se suponía que aquella sustancia era esperma de ballena, de ahí su nombre.


Pero esta relato se está alargando demasiado porque hoy, en realidad, yo quería recordar aquellos cuentos de mi infancia en los que las ballenas eran los seres más fantásticos que habitaban en los mares, que engullían hombres y que éstos, tras estar en su vientre, regresaban al exterior más sabios, más completos o más adultos, como si las vísceras del enorme cetáceo fueran el altar de un ritual iniciático.











viernes 5 de febrero de 2010

Al mal tiempo



Hace pocos días la marmota Phil nos anunció lo que todos ya notábamos en nuestra piel: que el invierno continuará seis semanas más .Pero la eficacia de la previsión meteorológica de la mascota de Pennsylvania, que ronda el 20 por ciento, no rebasa las costas norteamericanas. En nuestro territorio hispano nos va más la predicción de la noche de la Candelaria, de la que dicen que si está despejada –como así fue- el invierno está vivo, y que de encontrar un cielo nublado o lluvioso significaría que los fríos ya llegan a su fin.

No vamos a juzgar el grado de acierto de ambas modalidades de predicción meteorológica pues hasta las más avanzadas herramientas científicas –como la predicción a través de los satélites- se equivocan con bastante frecuencia. Al menos, estos errores los aprovechamos al máximo en esas “conversaciones” de ascensor en las que no queremos decir nada, o casi nada, pero no callamos. El tiempo nos socorre en ese bailar de miradas perdidas y llena un vacío que en la mayoría de los casos no debería ser ocupado.

Es innegable que desde que los hombres pisamos la tierra, sacerdotes, sabios, astrónomos, pastores, recolectores, cazadores, agricultores, viajeros y paseantes han sentido la necesidad de adelantarse al mañana, a su temperatura y pluviosidad, a los vientos y a las sequías. Gran parte de su existencia y de su subsistencia dependía de la capacidad de prever los fenómenos meteorológicos. En el principio de esta ciencia una de las herramientas más eficaces era la intuición. Aún hoy, pastores de las montañas del norte anuncian la llegada de lluvias o nieves con tan sólo observar la colocación de ciertas nubes en algunas montañas. O mi amiga Paloma, que cuando el juanete se le pone guerrero nos avisa de que va a llover. Y lo más curioso de estos anuncios es que aciertan en muchos casos.

Volvamos al pasado. Desde Mesopotamia y Egipto, el hombre fue capaz de articular un sistema de medición bastante exacto de los ciclos estacionales pero ¿cómo precisar las fluctuaciones climatológicas en un plazo más corto?. En general, las antiguas civilizaciones consideraban los fenómenos naturales como una manifestación evidente del poder divino. En épocas de malas cosechas y hambruna, los sacerdotes realizaban rituales para lograr la benevolencia de los dioses y de paso aplacar su cólera. Estos ritos, suavizados, se mantienen en pleno siglo XXI. Por ejemplo: en la festividad de San Isidro, los creyentes oran al patrón para que un clima favorable sea la causa de cosechas abundantes.

En tiempos de Aristóteles comenzaba a arraigarse cierta aproximación científica a la meteorología. De hecho, en su tratado Meteorológica se discutían objetivamente los elementos meteorológicos más comunes. Este interés continuó con los romanos, que se encargaron de compilar textos que sirvieron de base para las futuras predicciones medievales. A Roma le tomó el relevo el enfoque árabe, basado en observaciones astronómicas, que fomentó la creencia de que el tiempo podía predecirse mediante el estudio del movimiento de los cuerpos celestes.

Sin embargo no todos los eruditos medievales estaban convencidos de la validez de los pronósticos basados en la astrología. Nicole Oresme (1323-1382) tenía poco respeto por sus contemporáneos astrometeorólogos y creía que el pronóstico del tiempo llegaría a ser posible sólo cuando se hubieran descubierto sus reglas exactas. En ello andan..

Entre los siglos XIII y XVII los astrometeorólogos dejaron de observar el cielo y comenzaron a fijarse metódicamente en las variaciones climáticas. William Merle creó el primer registro meteorológico sistemático conocido a finales de la Edad Media, hasta que llegó el gran Leonardo, liberó a la ciencia del encorsetamiento medieval y avanzó en lo que después sería la teoría heliocéntrica de Nicolás Copérnico.

Poco a poco comenzó a cuestionarse el concepto de la predicción del tiempo basada en el movimiento de los cuerpos celestes y se fue aceptando que el ciclo anual de las estaciones era controlado por el movimiento de la tierra alrededor del sol. Las observaciones meteorológicas instrumentales comenzaron en el siglo XVII cuando, en el año 1600, Galileo Galilei inventó el termómetro y su discípulo Evangelista Torricelli, hizo lo propio con el barómetro 43 años después.

La ciencia avanzó con el barómetro, el mapa del tiempo y la instalación de redes de estaciones meteorológicas a lo largo del planeta. Lavoisier pensaba que con esta información sería posible pronosticar el tiempo con uno o dos días de anticipación. Incluso planteó que si esa información se hacía pública, podría ser de gran utilidad para la sociedad, aunque aún hacía falta que se desarrollaran las comunicaciones.

Después de la II Guerra Mundial, con el desarrollo de las computadoras electrónicas, los servicios meteorológicos dispusieron de una nueva tecnología con la que hacer más objetiva la medición del tiempo. A pesar de los avances tecnológicos las predicciones siguen dependiendo de los pronosticadores humanos, así que en pleno siglo XXI volvemos a escuchar a Phil y a observar la noche de la Candelaria. Y ya les dejo hasta otro día, que necesito saber cómo va a hacer mañana y comienza “el tiempo” en la televisión. Aunque con lo del cambio climático, quizá lo mejor sea que llame a mi amiga Paloma. ¡Su juanete es infalible!

P.D. No existen demasiados iconos medievales en los que se representen fenómenos meteorológicos. Sí son abundantes los calendarios agrícolas, como el de San Isidoro de León, o el que utilizamos para ilustrar el inicio de este comentario, perteneciente a la abadía parisina de San Germain des Prés. La segunda ilustración utilizada es la denominada "Lluvia de estrellas", del Beato de Valcavado.

viernes 29 de enero de 2010

El vacío

Hace casi veinte años el profesor Horacio no se cansaba de repetirnos en las clases de escultura que el volumen era importante y que, tan importante como él, era el vacío que lo acompaña indisolublemente. Una nariz es importante por lo que sobresale de la faz y por lo que no, un ojo no es sólo una superficie semiesférica sino también los valles que conforman aquellas dunas de párpado bajo la frente.

Hace casi dos décadas, nosotros, semi-adolescentes, semi-jóvenes, semi de casi todo, prestábamos poca atención al consejo de aquel excelente profesor. Desde nuestra juventud tratábamos de modelar la perfección de unas facciones con un concepto de otra dimensión: la cantidad. Más arcilla, más volumen, más pasta de modelar, más de casi todo…porque el vacío apenas existe para alguien a quien le queda toda la vida por delante y tiene en su cabeza grabada la misión de tragarse este mundo y los que sean necesarios.

Comprender que tiene la misma relevancia lo que está y lo ausente me costó esfuerzos, experiencias y años. Ahora, dos décadas después, entiendo la silueta y su valle, la corpulencia y su vacante, lo cóncavo y lo convexo, lo rebosante y lo desocupado. Pero a pesar de ser capaz de comprenderlo, he de confesar que el vacío, como concepto, me produce escalofríos irracionales, algunos similares al horror, al miedo o al vértigo. Quitar, no añadir, eliminar lo sobrante, lo innecesario, lo superfluo. A veces duele.

Me sucede cuando percibo tristeza, y no sé de dónde procede, en el rostro de los ángeles que más quiero. Y también cuando la vida me arrea un viaje inesperado, injusto, desmesurado y desagradable con billete de sólo ida. Me sucede cuando comienzo a andar ligera y los fantasmas me cortan los talones. Y cuando sonrío y la respuesta es un viraje en la mirada del que la recibe.

Siento miedo al vacío cuando abro el ordenador y veo cómo el cursor parpadea durante horas sin que sea capaz de arrancarle una sola palabra a este blanco digital de la pantalla. Lo siento también cuando el estuco sobre el que surge uno de los iconos medievales que tanto me gustan no transforma su color en varios días o semanas. Ni una triste pincelada grisácea.

Noto que la cabeza está tan vacía que la oquedad resulta asfixiante. Es el horror al vacío con gula, al depredador de ilusiones, a no ser capaz de medirme con la pureza de la nada. Blanco, blanco…blanco irrespirable, el cursor sigue temblando y los pinceles, inmóviles, sueñan con los colores de un Jardín de las Delicias.
 
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