A
Teodora le había tocado en suerte un destino de líneas torcidas. Hija de una
prostituta de tarifa asequible, había nacido en Chipre -la isla elegida por la
diosa Venus para extender y experimentar con las redes de su deseo- aunque
pronto partió hacia Constantinopla junto a sus dos hermanas Comito y Anastasia.
La ventura de Teodora, de no ser estrangulada, le deparaba poco más que
complacer cuerpos y egos.
La familia vivió durante una temporada en el circo en el que domaba osos el amante más asiduo del lecho de su madre,
un lupanar gigante donde se hacinaban las familias de pocos recursos. Cuatro
mujeres sin fortuna en la
Constantinopla del año 500 eran cuatro víctimas seguras del
mercadeo carnal.
Teodora,
por su corta edad, comenzó siendo la pedana
de Comito cuando ésta comenzó a ejercer la prostitución con 13 años. La pequeña
ejercía de vigile, el oficio triste y
descarnado que aseguraba que nadie molestase a la pareja en su encuentro
precipitado, callejero y desigual.
En
la escuela de la vida, Teodora se convirtió en copa, cabaretera, luego delicata
(prostituta que puede elegir a sus clientes y subir la tarifa) y finalmente famosa, meretriz cuyo éxito se basa más
en el entusiasmo mental que produce en su pareja esporádica que en el propio
placer corporal.
No
poseía las habilidades de las hetairas pero los que escribieron sobre ella
sostienen que compensaba estas carencias con unas excelentes dotes de
observación, una notable capacidad para la mímica, una sobresaliente aptitud
para la gimnasia y el contoneo y una extremada lascivia que alborotaba el
sentido común de sus amantes.
Procopio
de Cesarea, uno de sus principales biógrafos, pone en boca de Teodora que “había abierto a los embajadores
de Eros las tres puertas naturales de su cuerpo” y que lamentaba no disponer de
una cuarta entre los senos. Quizá a este hombre pequeñito, de aspecto poco
agradable y papel segundón en la corte, la inteligencia, fuerza, astucia,
ambición y libertad de aquella mujer le cegó el sentido común. O quizá mi
percepción sea injusta con este escribiente que narró al detalle que Teodora,
en una estrategia de provocación, se tumbaba en la calle desnuda, a excepción
de una cincha de cuero que rodeaba sus caderas para no infringir la ley, y
cubría cada centímetro de su cuerpo -también los más recónditos- con semillas
que los pájaros picoteaban con tesón. Es probable que su biografía cumpla aquel
refrán que recomienda echarse a dormir una vez que se ha criado la fama.
Teodora
fue retirada de la calle por un alto funcionario con el que se trasladó a
África. Al poco tiempo le abandonó de puro aburrimiento y regresó a
Constantinopla pagándose el viaje con sus artes amatorias. En el trayecto,
mantuvo contacto con monjes y filósofos, de los que aprendió la base necesaria
para cautivar a los hombres poderosos con cuerpo y mente.
Dicen
que conoció a Justiniano mientras hilaba con una rueca en un intento de
abandonar la vieja profesión y dicen también que conoció a Justiniano en una
fiesta de cortesanas donde el heredero al trono, mucho mayor pero infinitamente
menos experto en caricias, se encaprichó de ella.
Después todo se precipitó: Teodora fue a vivir a palacio, comenzó a influir en las
decisiones políticas de Justiniano que la nombró patricia, algo inusual para su origen. Al poco tiempo, al
no poder cambiar el pasado de la mujer con la que quería compartir su vida y su
poder, Justiniano decidió cambiar las leyes que le prohibían casarse con ella.
Teodora,
la prostituta hija de prostituta llegó a ser emperatriz de la poderosa
Bizancio. Que nadie la juzgue por el camino que recorrió. Otras lo hicieron antes, otros se mancharon las manos de sangre para lograr el trono. Al menos ella consiguió estrangularle los planes a su previsible fortuna.
PD En su tarea de emperatriz, que también fue cuestionada, Teodora inicia una dura batalla legal para lograr que los hijos legítimos e ilegítimos tengan los mismos derechos. También emprendió una particular lucha en erradicar la prostitución. Ella conocía como nadie el sufrimiento en carne propia.