miércoles 25 de enero de 2012

Madrid capital de Armenia

Madrid en época de los Reyes Católicos

León V de Lusignan, rey de Armenia, fue encarcelado por los mamelucos en una prisión cairota un atardecer de 1374. El prisionero real, dicen algunos textos, ganaría la libertad si abjuraba del cristianismo y se dejaba arropar por la fe mahometana, pero el monarca armenio prefirió usar otras estrategias para lograr su excarcelación.

Con discreción y algún aliado cercano, pudo enviar una carta de auxilio a diversas cortes de la vieja Europa reclamando ayuda. Obtuvo respuesta de Juan I de Castilla y de Pedro IV de Aragón y al poco tiempo León V de Lusignan era un hombre libre. Libre pero sin una moneda con la que mantenerse, así que visitó al Papa Clemente VII y al rey aragonés en busca de apoyo, de los que obtuvo amables palabras y ni un solo maravedí.

Mucho más generoso fue Juan I de Castilla, que le otorgó al monarca euroasiático el señorío de Madrid, Andújar y Villareal, con sus respectivas rentas, unos 150.000 maravedíes. Por tanto, León V de Lusignan, rey de Armenia, llegó a su señorío madrileño hecho un cristiano de fe incorruptible y bolsillo repleto, unas circunstancias y privilegios que, como no fueron del agrado de los madrileños, obligaron al rey Juan a prometer en octubre de 1383 que la villa volvería a ser castellana cuando el armenio muriera.

León V de Lusignan no hizo al parecer nada por vincularse con Madrid. Francisco Carlos Sáinz de Robles, en Madrid, autobiografía escribe sobre el armenio: “Vestía a la oriental, con turbante blanco, guayabera de raso rojo, amplios calzones, botas de veludillo. Sobre el pecho lucía pendiente de una gruesa cadena de oro, un sol enorme sobre un anagrama indescifrable para mí”.

Dicen que nunca llegó a acostumbrarse a Madrid, que se cansó de la villa al poco de llegar y que por eso partió a Navarra y a Francia. Aunque para entonces, las Cortes de Castilla y el rey Enrique III ya habían revocado la donación. Madrid ya no era la capital de Armenia.



miércoles 18 de enero de 2012

Viaje al infierno

El infierno. Hortus Deliciarum (En Wikipedia)

En la Edad Media no era demasiado extraño emprender un viaje de ida y vuelta al infierno. En “Aspectos eruditos de los viajes al más allá en el Medioevo”, el francés Jacques Le Goff enumera al detalle una larga lista de personajes que, entre el siglo VII y el inframundo casi renacentista de  La Divina Comedia, transitaron con cierta soltura entre el averno y estos parajes terrenales.

Del infierno conocemos las visiones de Barontus, Bonellus, Wenlock, Fursy, Drythelm, Wetti, el emperador Carlos el Gordo, la madre de Gilberto de Nogent, el monje de Montecasino Alberico de Settefrati, el  irlandés Tnugdal y el campesino Thurkill, más  el Caballero Owein que visitó el purgatorio de San Patricio y  el citado Dante Alighieri.

Los monasterios eran entonces considerados los proscenios entre el más allá y la tierra, algo así como una plataforma de conexión, una puerta, entre el mundo de los mortales y otras esferas. Por ello quizá sus moradores, los monjes, fueron fundamentalmente los actores protagonistas de visiones, alucinaciones, videncias, espejismos y quimeras a través de las que describieron el paisaje del infierno al detalle.

El más allá que aquí conocimos se decoró con las narraciones de estos viajeros, más la imaginería heredada de India, Irán y Egipto y la influencia directa de La Eneida, de Virgilio, quien describe la entrada al Orco como si fuera el acceso a una casa romana: vestibulum, atrium, compluvium y tablinum.

Descender a los infiernos, aunque sea por obligación, ha estado presente en la literatura de todos los tiempos: en La Eneida, en La Odisea, en La Divina Comedia, en Fausto, en El Corazón de las Tinieblas y en la Muerte en Venecia. Sus personajes caminaron entre metáforas de fuego y lamento. 

Si como aquellos hombres medievales visitan  el infierno, acuérdense de no beber de las aguas del Leteo, pues provocan una definitiva amnesia, a no ser que la travesía diabólica persiga precisamente el total olvido, la absoluta ausencia, la completa desmemoria....





lunes 9 de enero de 2012

Música del corazón

Belle, bonne, sage. Partitura de Baude Cordier
El escritor Eric Jager sostiene en su libro The book of the heart que el corazón se transformó en el símbolo universal del amor hacia la Edad Media. De ahí, sugiere, nacen las expresiones que a lo largo de la historia han ido colonizando el lenguaje, el arte, los sueños y las historias: con todo mi corazón, me ha partido el corazón, corazón que no siente, corazón coraza, te llevo en el corazón…

Aristóteles creía que el corazón era el centro supremo desde donde se segrega el amor, la mezquindad, el odio o la envidia, una potente glándula que destila las pasiones más secretas y las reacciones que nos vinculan con las bestias.
Algunos estudios actuales también consideran al corazón una víscera potente, tanto que hace competencia al cerebro, considerado hasta ahora nuestro órgano supremo.

El corazón no sólo cumple la compleja función fisiológica del latido. El corazón bombea sangre, amor, celos y recelos, odio, alegría, temor y vida. El corazón tiene memoria y guarda recuerdos. Y por eso las personas con el corazón trasplantado heredan los hábitos, hasta los enamoramientos, de quien les regaló el órgano en una última prueba de generosidad humana. Nos anudan a las arterias, junto al amasijo de capilares y magro músculo, el alma prestada del otro.
Cuando permanezco en silencio puedo escuchar su pulsación constante, la sacudida de su movimiento. Parece entonces hacerse más fuerte y sonoro, coqueto y protagonista, si le concedo unos segundos de expresa atención.


Durante ciertos instantes de enamoramiento primaveral y adolescente, el corazón se decanta por una pieza de Ars Subtilior, compleja y rebuscada, como las que les muestro hoy como imágenes de estas palabras.



Son una rareza un poco cursi, que forman parte del Codex de Chantilly, un manuscrito musical a caballo entre la Edad Media – el momento en el que Eric Jager dice que se creó el corazón como símbolo amoroso- y el Renacimiento.


El corazón quebranta la linealidad de la partitura y concede al pentagrama la rebeldía de curvarse sobre sí mismo, aquejado quizá de un mal de amores que le arquea la rectitud. ¿Acaso no es el amor un estado similar al mismo embobamiento que producen estas partituras? Feliz semana.



domingo 1 de enero de 2012

Propósitos (medievales) para 2012


Ventana del Museo de la Catedral de Astorga, en León.
Aprender a tocar la zanfona, acariciarla, beberme su olor y embeber su temblor. Y dejar que la sonrisa asome en el balcón de mis mejillas.

Leer, repasar los libros pendientes sobre la Edad Media que hay junto a mi cama: vidrieras medievales, juglares y trovadores, la peste, Brunilda, Ende y las sibilas, los cruceiros, el queso, el monasterio de Urmella y los zodiacos. Y dejar que las alas sustituyan a los omóplatos.

Pintar, repintar, interpretar, reinterpretar los iconos medievales que me arrastran lejos, viajar con Orfeo, imaginarme en ocres, evocarte en púrpura, anudarme de pigmentos, impregnarme con aceite y cera. Y dejar que como allí, en la atávica ladera azul,  el tiempo se detenga.

Observar, oler, acariciar las piedras de las ermitas más pequeñas de Castilla, de las arquitecturas que fueron y pudieron ser en Girona, de los cenobios que ni la fe mantuvo en pie. Y dejar que los sentidos me conduzcan a las diosas, aquí Astarté, aquí Rembha.


Indagar, investigar, rastrear en momentos y maneras, en mortales y eternos, en sonrisas y apetencias, en anhelos y añoranzas. Y dejar que todo fluya despacio, como en ese instante en el que cabe toda una vida. Feliz 2012.


miércoles 28 de diciembre de 2011

Teodora


A Teodora le había tocado en suerte un destino de líneas torcidas. Hija de una prostituta de tarifa asequible, había nacido en Chipre -la isla elegida por la diosa Venus para extender y experimentar con las redes de su deseo- aunque pronto partió hacia Constantinopla junto a sus dos hermanas Comito y Anastasia. La ventura de Teodora, de no ser estrangulada, le deparaba poco más que complacer cuerpos y egos.

La familia vivió durante una temporada en el circo en el que domaba osos el amante más asiduo del lecho de su madre, un lupanar gigante donde se hacinaban las familias de pocos recursos. Cuatro mujeres sin fortuna en la Constantinopla del año 500 eran cuatro víctimas seguras del mercadeo carnal.

Teodora, por su corta edad, comenzó siendo la pedana de Comito cuando ésta comenzó a ejercer la prostitución con 13 años. La pequeña ejercía de vigile, el oficio triste y descarnado que aseguraba que nadie molestase a la pareja en su encuentro precipitado, callejero y desigual.

En la escuela de la vida, Teodora se convirtió en copa, cabaretera, luego delicata (prostituta que puede elegir a sus clientes y subir la tarifa) y finalmente famosa, meretriz cuyo éxito se basa más en el entusiasmo mental que produce en su pareja esporádica que en el propio placer corporal.

No poseía las habilidades de las hetairas pero los que escribieron sobre ella sostienen que compensaba estas carencias con unas excelentes dotes de observación, una notable capacidad para la mímica, una sobresaliente aptitud para la gimnasia y el contoneo y una extremada lascivia que alborotaba el sentido común de sus amantes.

Procopio de Cesarea, uno de sus principales biógrafos, pone en boca de  Teodora que “había abierto a los embajadores de Eros las tres puertas naturales de su cuerpo” y que lamentaba no disponer de una cuarta entre los senos. Quizá a este hombre pequeñito, de aspecto poco agradable y papel segundón en la corte, la inteligencia, fuerza, astucia, ambición y libertad de aquella mujer le cegó el sentido común. O quizá mi percepción sea injusta con este escribiente que narró al detalle que Teodora, en una estrategia de provocación, se tumbaba en la calle desnuda, a excepción de una cincha de cuero que rodeaba sus caderas para no infringir la ley, y cubría cada centímetro de su cuerpo -también los más recónditos- con semillas que los pájaros picoteaban con tesón. Es probable que su biografía cumpla aquel refrán que recomienda echarse a dormir una vez que se ha criado la fama.

Teodora fue retirada de la calle por un alto funcionario con el que se trasladó a África. Al poco tiempo le abandonó de puro aburrimiento y regresó a Constantinopla pagándose el viaje con sus artes amatorias. En el trayecto, mantuvo contacto con monjes y filósofos, de los que aprendió la base necesaria para cautivar a los hombres poderosos con cuerpo y mente.

Dicen que conoció a Justiniano mientras hilaba con una rueca en un intento de abandonar la vieja profesión y dicen también que conoció a Justiniano en una fiesta de cortesanas donde el heredero al trono, mucho mayor pero infinitamente menos experto en caricias, se encaprichó de ella.

Después todo se precipitó: Teodora fue a vivir a palacio, comenzó a influir en las decisiones políticas de Justiniano que la nombró patricia,  algo inusual para su origen. Al poco tiempo, al no poder cambiar el pasado de la mujer con la que quería compartir su vida y su poder, Justiniano decidió cambiar las leyes que le prohibían casarse con ella.

Teodora, la prostituta hija de prostituta llegó a ser emperatriz de la poderosa Bizancio. Que nadie la juzgue por el camino que recorrió. Otras lo hicieron antes, otros se mancharon las manos de sangre para lograr el trono. Al menos ella consiguió estrangularle los planes a su previsible fortuna. 





PD En su tarea de emperatriz, que también fue cuestionada, Teodora inicia una dura batalla legal para lograr que los hijos legítimos e ilegítimos tengan los mismos derechos. También emprendió una particular lucha en erradicar la prostitución. Ella conocía como nadie el sufrimiento en carne propia.